3.11.08

variedad de lunes animoso

Ayer por la noche leí la crónica del festival Única Vez en el blog de la nadadora, y al llegar al final me encontré con la noticia de que Grande-Marlaska se toman un descanso como grupo. Me dio muchísima pena, qué quieren que les diga, yo soy una sentimental para los grupos que me gustan. Lo único que me consuela es haber podido verlos en directo y haber disfrutado tanto de su concierto. Ahora ya sólo queda esperar que el descanso sea temporal y vuelvan algún día.

Me consolaré, mientras tanto, escuchando el disco nuevo de Joe Crepúsculo, que ya se puede descargar de su página web y promete mucho. Hay muchos otros lanzamientos de grupos españoles este mes, pero voy a tener las compras un poco restringidas hasta dentro de un tiempo, así que me conformaré con las descargas y ahorraré para resarcirme durante mi próxima visita a Madrid (aún faltan casi dos meses). Luego llegaré y no encontraré los discos que quiero y me cogeré un berrinche, como si lo viera, y acabaré comprándolos por internet al volver, pero en fin, c'est la vie del habitante de provincias.

Estos días me he preguntado varias veces por qué le tiene la gente tanta animadversión a Porta, ese personaje, como para que se monte la de San Quintín en sus conciertos cada dos por tres. Siempre que leo cosas como ésta me acuerdo del mítico concierto de Sonic Youth en la Riviera en 1996 (por cierto, qué equivocado me parece el titular de la noticia de El País). El telonero de ese día era Beck, que iba a sacar el Odelay ese año y ya había tenido cierto renombre con Loser, pero del que la mayoría del público de aquel día no quería saber nada. Excepto que dejara a un lado su guitarra acústica, se callara y dejara paso de una vez a Sonic Youth. Empezaron a abuchearlo y a gritarle y la situación se volvió bastante incómoda. No era nada agradable verlo allí, al pobre, encima del escenario, tratando de salir del paso con sus canciones en formato intimista. No sé si acortó el concierto, si ya tenía preparado lo que sucedió a continuación o si fue un ataque de orgullo y cabezonería, pero lo cierto es que conectó la guitarra eléctrica y las bases y se arrancó con una versión de Devil's haircut que hubiera hecho resucitar a un muerto. Además, subió a cinco o seis personas del público a bailar al escenario y, enmedio del delirio colectivo, se marchó.

He estado en situaciones parecidas otras veces, en las que el público abuchea a los teloneros presa del nerviosismo por ver al cabeza de cartel. Y quizá podría llegar a entenderlo. Todos sabemos que en la mayoría de las salas de España los conciertos se programan hasta determinada hora. Cuanto más tarden en empezar, menos van a durar, porque en la sala no van a tener miramientos a la hora de cortar el sonido y mandar al grupo a freír puñetas. Por desgracia, lo he visto demasiadas veces. Pero aún así, aún creyendo que el telonero va a retrasar al grupo, me parece una falta de respeto tan grande abuchear a alguien que está esforzándose por ofrecer su trabajo que nunca se me ocurriría hacerlo.

Con los festivales y los carteles compartidos por varios grupos ocurre tres cuartos de lo mismo. Seguramente no te gustarán todos los que actúan. Pero de ahí a insultar, abuchear y etc. (de tirar cosas ya ni hablamos) va un largo trecho. Por eso me pregunto qué tiene ese tal Porta que hace enfurecer tanto a la gente, que exalta los ánimos hasta esos extremos. Ni siquiera me pareció bien que le tiraran de todo a Ramoncín en el Viña Rock, pero pensé que era de esperar. Que esto se tome como práctica habitual me da bastante miedo.

Estoy leyendo un libro de relatos, Amor del bueno, de Víctor García Antón. Había leído auténticas maravillas sobre él y lo encargué por eso. Y lamento decir que me está pareciendo entretenido, pero también me está decepcionando un poco. Por lo de siempre, porque encuentro tópicos en muchos sitios últimamente, y ya no sé si soy yo o son los libros, pero hace tiempo que nada me convence de verdad (fuera de las novelas policiacas, con las que mis críticas se rigen por un canon distinto).

A ratos pienso que el problema soy yo, que he llevado mis exigencias de lectura a extremos de auténtica tiranía. Entonces me pregunto cómo demonios voy a sentarme a escribir si soy diez mil veces más exigente conmigo que con los demás y ni siquiera los demás pasan mi criba. Otra veces pienso que el problema son los círculos que se crean en internet como respuesta y forma de lucha ante el poder establecido y que, llevados por buenos propósitos, acaban ensalzando en exceso libros que tampoco son la panacea. No creo que ninguna de esas buenas críticas sean insinceras. Pero sí creo que el libro de un amigo siempre se lee con ojos distintos que el de un desconocido. Quizá por eso sigo alegrándome de ser una outsider. Algún día quizá me arrepienta, pero eso sería trampa.

Lo bueno de ir por libre es que puedo leer tanto autores del establishment como los que están en la periferia. Lo malo de ser tan exigente es que muy pocas cosas acaban por convencerme, y echo muchísimo de menos volver a sentir la emoción de cuando leí libros que me entusiasmaron hasta no poder soltarlos. Si sigo así acabaré como algunas personas que conozco, que sólo leen clásicos o sólo releen. De todas formas, aún mantengo la esperanza, y tengo en espera a muchos autores a los que estoy deseando hincarles el diente (a sus libros, a sus libros...).

Y me pregunto si con la música no pasa lo mismo, si no habré llegado a pervertir mi punto de vista sin darme cuenta, si no lo habrán hecho las personas a las que leo a diario. Quizá el problema sea la imposibilidad de eliminar la subjetividad a la hora de juzgar. Y si no estoy dispuesta a hacerlo con la música, ¿por qué me resulta tan sencillo hacerlo con los libros? ¿O será que no me doy cuenta de que también con ellos soy subjetiva?

Por cierto que a mí también me pareció fantástica la portada de Público del pasado viernes y estoy de acuerdo con muchas de las cosas que he leído durante estos últimos días. Con otras, no tanto. Si determinadas situaciones aberrantes tienen que perpetuarse, que apechuguen con lo bueno y con lo malo. Los que estamos siempre para las duras estamos hartos de los que sólo están para las maduras.

Al final, recapitulando, me doy cuenta de que en realidad sólo he hablado de cosas malas hoy también, pero, lo crean o no, estoy mucho mejor que la semana pasada y cualquier día de estos los sorprendo y ¡zas!, voy y me pongo a hablar de cosas alegres.

3 comentarios:

Jermanio dijo...

no caerá esa breva

Ana Saturno dijo...

¿Que hable de cosas alegres? Ya verás que sí, hombre.

:-D

cerillasGaribaldi dijo...

Esto de los blogs tiende por si mismo a la seriedad y a la tristeza, pero ni nos empeñamos acabaremos haciendo una tragicomedia.

En cualquier caso, protestar no es hablar de cosas malas, ni mucho menos...y lo de Porta la pega es que es un niño bien pero a mi encantan muchas de sus canciones, que le voy a hacer.

Besos, Ignacio