27.4.09

libros: la fórmula preferida del profesor

Creo que nunca había leído a un autor japonés. Soy poco proclive a dejarme llevar por las modas en lo que a literatura se refiere, y también reconozco que las manifestaciones culturales del Lejano Oriente siempre me han llamado poco la atención. Además, más o menos había desterrado de mis lecturas todo lo que intentara mezclar matemáticas y novela.

Sin embargo, sí hago caso a las recomendaciones de mis amigos, y eso fue lo que pasó con este libro, que Cristina me lo recomendó en Navidades cuando pedí consejo sobre mis posibles futuras lecturas. Y como luego llegó en forma de regalo inesperado, antes de que pudiera ponerlo en mi lista de peticiones, me pareció que lo más apropiado era leerlo cuanto antes (sí, cuanto antes ha sido abril, qué le vamos a hacer, es un plazo razonable si tenemos en cuenta la cantidad de libros que llevan años, ¡lustros!, esperando en mis estanterías el momento propicio para que los lea).

Reconozco que al principio me costó un poco adaptarme al lenguaje que emplea Yoko Ogawa. No tenía claro si era por la mezcla con las matemáticas, por un problema de traducción o por mi falta de experiencia leyendo a autores japoneses. Después, poco antes de llegar a la mitad del libro, le fui cogiendo el gusto a la forma en que estaba narrada la historia y terminé con bastante buena impresión.

La primera mitad se lee casi de un tirón. Sin embargo, mediado el libro, los acontecimientos se precipitan (por muy extraño o irónico que parezca emplear esa expresión en este contexto) y la lectura se hace más pausada, requiere más tiempo, más dedicación. Al menos eso fue lo que me pasó a mí. Es una pequeña historia, bonita y triste, en la que lo más importante son las relaciones humanas, tanto las explícitas como las insinuadas, entre los personajes. Sin embargo, también habla de las relaciones de algunas personas con las matemáticas y de cómo la percepción de los números y sus características va cambiando gradualmente a medida que se les presta atención de una manera más lúdica que académica. Por suerte, esa vertiente de la historia no empaña la calidad literaria del libro, cosa que sucede demasiado a menudo con los libros que mezclan ciencia y literatura.

La fórmula preferida del profesor me dejó bastante buen sabor de boca, así que ya puedo leer más libros de japoneses (como por ejemplo, éste, que me espera desde el día del libro del año pasado) sin mucho miedo.

PD. En otro orden de cosas, ayer emprendí la lectura de mi primer Foster Wallace. Después del primer relato, apagué la luz y me dormí pensando que los libros se dividen en historias sobre personas taradas e historias sobre personas normales a las que les pasan cosas de tarados. A ver cómo me las apaño ahora para conseguir todos sus demás libros.

4 comentarios:

DamagedGoods dijo...

¿Y Mishima?

Mi preferido de un japo: "Elogio de la sombra", de Tanizaki. Es una maravilla.

De ahora me mola mucho Murakami, se merece tanto revuelo.

Ana Saturno dijo...

Me apunto el de Tanizaki. Murakami le gusta mucho a Jenaro, y tenemos algún libro que otro en casa, pero a mí hasta ahora me había dado pereza ponerme con él. Lo que pasa es que estoy un poco cansada de cierto tipo de literatura que solía leer, así que igual es buen momento para descubrir cosas nuevas (nuevas para mí, claro).

Gracias por las recomendaciones.
Besos

Jermanio dijo...

y Banana, recuerda que es muy recomendable

cerillas Garibaldi dijo...

Yo estoy con un inglés, nacido en Shanghai y preso de los japos. Los Milagros de Vida, autobiografía de J.G. Ballard me está gustando mucho.

Mi pega es casi no leo ficción.