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1.3.10

conciertos: pavement en auckland

Aquí el fabuloso listado del concierto de Pavement en Auckland (Nueva Zelanda), el primero desde 1999.

Y con esto, y teniendo en cuenta que el cartel está prácticamente cerrado, damos por inaugurada la cuenta atrás para el Primavera Sound 2010.

(vía Fluxtumblr)

Actualización: un listado oficial del siguiente concierto que han dado en Nueva Zelanda.

20.11.09

una noticia excelente

Estoy intentando confirmarlo en alguna web, pero aún no lo he encontrado en ningún sitio. De todas formas, estoy tan contenta que me pueden las ganas de contarlo: The Birkins han ganado la V edición del Festival Heineken Greenspace.

¡Yuju! ¡Yuju! ¡Yuju!

Actualización: Ahora sí, ya hay confirmación. ¡Muchísimas felicidades, chicos! Se merecen esto y mucho más. ¡Un hurra por los Birkins!

17.1.09

conciertos: joe crepúsculo

El sábado por la tarde hacía el mismo frío que llevamos sufriendo en Las Palmas desde antes de las Navidades. Ya sé que no es el frío polar con su nieve y todo de buena parte de la Península, pero les aseguro que este frío también es de lo más desagradable. Mientras esperábamos ante la puerta de Ping Pong Shop a que empezase el concierto, hacía recuento de las capas de ropa que llevaba puestas y pensaba si podía haber añadido alguna más. Así que, cuando apareció Joe con una camisa como única forma de abrigo sobre la camiseta, lo primero que pensé fue que cómo no se congelaba de frío.

Pero no, no se congelaba, y de hecho los demás dejamos de tener frío en cuanto empezó a sonar la primera canción del concierto.

El escenario estaba preparado en el lado izquierdo de la tienda, adornado con unas cortinas doradas que daban calidez al entorno níveo de la tienda. En cuanto terminamos de colocarnos alrededor de la tarima, Joe Crepúsculo nos dio las gracias por haber ido, comentó lo contento que se sentía por haber podido venir a Canarias y se disculpó de antemano por el hecho de que el concierto fuera a ser algo distinto de lo habitual, ya que tocaría él solo.

Sin embargo, a pesar de que me consta que eso le preocupaba especialmente, desde el primer momento se metió al público en el bolsillo y creo que ninguno de nosotros pensó que el concierto estuviera incompleto o que faltara algo. Con su teclado y su ordenador, Joe iba lanzando las bases y nos preguntaba si preferíamos uno u otro ritmo, de forma que nos sentíamos partícipes en el proceso. De alguna manera, parecía que las canciones no eran sólo interpretadas, sino en parte creadas en ese momento.

Fueron sonando todas las canciones que un fan podía desear. Baraja de cuchillos, El día de las medusas, Ama y haz lo que quieras, La canción de tu vida, Iván y Laura, Gabriela, Suena brillante (en la que Luis Cerveró subió al escenario para cantar junto a Joe y que acabó en apoteosis total), Escuela de zebras (en el bis) y, en el último bis, Ya llega la Navidad. Juraría que también sonaron Amor congelado y Amar en tiempos de democracia, o al menos alguna de las dos, y además me estoy dejando alguna otra, pero soy un verdadero desastre para acordarme de estas cosas.

En total fueron diez o doce temas que se nos pasaron volando. Supongo que todos nos hubiéramos quedado allí durante mucho más rato, escuchando las canciones y los comentarios entre unas y otras, bailando, riendo y cantando; pero la verdad es que no se podía pedir más. Joe Crepúsculo derrocha simpatía y humildad, algo que no todos los músicos con un éxito como el que ha tenido él este año (número uno en la lista de discos nacionales de la Rockdelux incluido) son capaces de conservar.

Aunque la tienda estaba bastante llena, cabíamos con holgura y fue un concierto casi en familia, no tanto por la cantidad de gente sino por el buen ambiente. Les traduzco esto en términos un poco más claros: para ser en Las Palmas, donde es casi imposible movilizar a la gente, es un verdadero éxito que la tienda estuviera casi llena. Además, el hecho de haber podido disfrutar en esta ciudad de un concierto de un músico español que no sea de la lista de los 40 Principales es un lujo que muy, muy pocas veces tenemos a nuestro alcance. Los dueños de la tienda Ping Pong Shop no sólo han puesto su esfuerzo para organizar el concierto, en el que no se cobraba entrada, sin patrocinio ni ayuda de ningún tipo, sino que encima nos recibieron con sonrisas y cervezas gratis para todos (menos para las embarazadas como yo, claro, a ver qué se van a pensar).

Ojalá este fantástico concierto no sea el último de este tipo que podamos tener por aquí, y ojalá en los siguientes conciertos de presentación del Supercrepus el público disfrute tanto de las canciones de Joe Crepúsculo como lo hicimos nosotros. Sé que los madrileños tenían ayer la oportunidad de asistir a un triple cartel que ponía los pelos de punta sólo de pensarlo, así que ya nos contarán si han ido y qué tal fue.

Y ahora, si me perdonan, me voy a escuchar Escuela de zebras y Supercrepus un ratito.

PD. Las tres últimas fotos son cortesía de Jesús Umbría, de Ping Pong Shop, que tuvo la amabilidad de enviármelas para que pudiera ponerlas aquí.

27.11.08

conciertos: tomaduras de pelo

Hace ocho años, Jenaro estuvo viendo a AC/DC en el Palacio de los Deportes de Madrid. Hubo dos conciertos, dos días seguidos, y las entradas se vendieron sin problemas en los sitios habituales. Le pregunté por curiosidad depués de ver la que se está montando últimamente con todos los conciertos y me dijo que no recordaba haber tenido ningún problema para comprarlas, ni tampoco haber hecho cola durante horas ni mucho menos. Internet todavía no se usaba para eso.

Durante estos días, he leído mucho sobre los problemas que se han tenido ahora para conseguir entradas para alguno de los conciertos que el grupo va a dar en España el próximo año. Por ejemplo, este artículo que escribe hoy mismo probertoj en Hipersónica. También me han dicho que han ido apareciendo entradas a la venta por cifras astronómicas en algunas páginas web. Pero lo que acabo de leer ahora ya me parece el colmo.

¿Es que no hay forma de que alguien regule de una vez la venta de entradas a conciertos y otros acontecimientos similares? Cada año pasa lo mismo con la Copa del Rey de baloncesto, por ejemplo, por no hablar de la vergüenza que fue la celebración de la Eurocopa hace dos años. El resultado de la desorganización y el amiguismo siempre es el mismo: la frustración del público interesado en los eventos, los reventas haciendo el agosto y un montón de sitios sin llenar porque los "invitados" a los que algún político les ha regalado las entradas no van.

La única duda que me queda es si la gente antes no iba tanto a los conciertos y ahora hay una especie de fiebre por la música en directo, igual que pasa con los festivales, porque hay muchas cosas que se escapan a mi entendimiento en cuanto a la demanda por las entradas. ¿Es que hay una generación que antes no tenía poder adquisitivo para ir a conciertos y ahora sí? ¿O es de verdad una moda? ¿O simplemente es que internet ha puesto al alcance de muchos asistir a conciertos en ciudades distintas de la de residencia y por eso hay más demanda?

En cualquier caso, no creo que la situación actual sea buena para nadie. Y que conste que estoy intentando escribir esto de la forma más educada posible, porque en el fondo lo que de verdad pienso es que hay unos cuantas personas haciendo el agosto a costa de las ilusiones de mucha gente y eso me parece propio de sinvergüenzas.

PD. Si parece que hablo de la moda de ir a conciertos como algo negativo, es porque el comportamiento del público en muchos de los que he visto durante los últimos meses era propio de hooligans y maleducados y no de personas realmente interesadas por lo que iban a ver.

12.11.08

variedad de miércoles raro

Más vale que no les cuente cuántas veces he intentado desde el lunes sentarme a escribir unas líneas aquí. Estos días están siendo rarunos, rarunos y voy a tener que pedirles un poco de paciencia, porque me siento demasiado espesa como para poder juntar palabras con sentido. Pero en fin, voy a intentarlo de todas formas.

Supongo que lo primero de lo que debería hablar es del WOMAD. Por diversas razones no vi demasiados conciertos, aunque no debería sorprenderme mucho por eso: me pasa todos los años. No un festival agradecido para el público, hay que tener mucha resistencia para estar allí unas cuantas horas. Para empezar, porque programan casi todos los conciertos de forma alterna, y eso significa, por un lado, que se masifican de una forma exagerada y, por otro, que si algo no te gusta, no te queda más remedio que aguantarte hasta que empiece aquello que sí quieres ver (y eso en ocasiones son un par de horas sin nada que hacer más que deambular entre riadas de gente). Por otra parte, los errores de imprenta y los cambios de horario a última hora volvieron a hacerme la pascua y sigo sin entender que sea tan difícil hacer bien un programa.

El caso es que si algo me quedó claro de los conciertos que vi fue que la victoria de Obama en las elecciones de Estados Unidos podría muy bien haber sido el subtítulo del festival. La mayoría de los músicos hicieron referencias al asunto, pero no de forma tangencial, sino como tema principal del concierto y de la noche. Antibalas abriendo con su explicación de la canción "Sí se puede" (dicen que la compusieron hace diez años) y poniendo a todo el mundo a corear el estribillo, incluso haciendo que un pequeño reducto de fans del baloncesto pervirtieran la frase para cantarla con el sonsonete de los partidos; DJ Yoda incorporando partes del discurso de Obama en su sesión y consiguiendo que todo el mundo asintiera en silencio cuando sonaba el "Yes, we can".

La sesión de DJ Yoda, dentro de la gira DJ Yoda's Magic Audio Tour, no fue temática, como la del Sónar, y estuvo bastante bien. Tuvo menos altibajos que aquélla, lo que se agradece. Había, claro, subidones cada cierto rato, pero fue más sostenida y te permitía disfrutarla más. Además, lo pasé tan bien escuchando un rato de Wearing my rolex y Night sin haberlas puesto yo que le perdono hasta que pinchara We will rock you. Por cierto, mientras que con Wearing my rolex consiguió mantener el ambiente bastante alto, cuando sonó Night hubo desconcierto general. Me resulta un poco complicado entender por qué una canción sí y la otra no, sobre todo porque las dos me gustan mucho. Quizá Night no sea tan inmediata y necesite más escuchas, no sé.

Vi también la sesión del jueves de Mr. Benn. El pobre tuvo que abrir el festival a las siete de la tarde para cuatro gatos. Aún así estuvo pinchando una hora y si no le llegan a bajar el volumen de la música para echarlo sin más contemplaciones, hubiera seguido. Me gustó mucho la sesión, excepto un ratito en el que bajó el ritmo con Massive Attack y un par de canciones en la misma línea y pensé que se estaba despidiendo, pero luego volvió a subir y no entendí nada. Por lo demás, estuvo muy bien y decidí volver a verlo al día siguiente, si el cuerpo aguantaba. Su sesión del viernes estaba programada en todas partes (página web y programa oficial) a la 1:45, pero, ¡oh, sorpresa!, resulta que era a las 23:45. Nos enteramos en mitad del concierto de Antibalas y corrimos para llegar a ver un rato, pero sólo duró diez minutos más desde que llegamos a ese escenario. Lo mismo que me pasó el año pasado con Blam & Khan. En fin, mejor voy a omitir mis impresiones sobre estos fallos en el horario.

Vuelvo a tener una cantidad ingente de música para escuchar y hacer limpieza, a pesar de que llevaba un tiempo consiguiendo mantenerlo todo más o menos a raya. La semana pasada escuché poca música y ahora estoy pagando las consecuencias. De entre las canciones que más me han gustado en mi errático paseo por el fabuloso mundo del mp3 hay cosas de Purple Crush, Kid Cudi (remezclado por los Crookers), Friendly Fires, Jay-Z y algunas extrañas canciones de un disco llamado Balearic Beats. Viva el eclecticismo. Algún día, eso sí, ordenaré las ideas y seré capaz de subir un mix.

Por medio de La Blogotheque llegué a este listado de los samplers usados por Girl Talk en su último disco. No lo he escuchado aún, pero reconozco que después de ver la lista tengo más ganas de oírlo. No sé si por verdadero interés o por ver cómo ha conseguido encajarlo todo.

También ha aparecido otra lista: el libro con las 500 mejores canciones de las últimas décadas según Pitchfork. Sigue inspirándome curiosidad, pero tengo los gastos muy, muy restringidos ahora mismo. Al menos puedo saber cuáles son las canciones gracias a anhh, que ha publicado la lista en su blog.

En otro orden de cosas, como era de esperar, Homo sampler sigue sin estar en las librerías de Las Palmas. Estoy viendo venir que tendré que comprármelo en Madrid en Navidades. Mi tiempo para la lectura, por cierto, ha sufrido un pequeño bajón durante la última semana, así que todavía estoy con Amor del bueno. Cuando lo termine les cuento mis impresiones definitivas y con qué decido seguir.

Para lo que sí he tenido tiempo es para regocijarme viendo esto:

No nos lo hubiéramos imaginado ni en nuestros mejores sueños ninguna de las temporadas anteriores y yo, la verdad, después de la primera jornada, tampoco ésta. Pero este domingo conseguimos ganar a una de nuestras bestias negras, el Unicaja, con el pabellón a reventar y tan animado como de costumbre. Sufrimos durante un rato, sobre todo en el tercer cuarto (para no variar), pero la cosa no estuvo tan reñida como contra el Menorca. Por cierto que sigo pensando que el Menorca es un buen equipo y que no merecen estar últimos, ni mucho menos. Me dio incluso penita cuando les ganamos.

Del Unicaja no me dio ninguna pena, porque eran líderes en ese momento, porque este año tienen un entrenador al que no le tengo precisamente cariño y porque el partido del año pasado contra ellos fue el peor de la temporada del Granca. Así que hemos podido resarcirnos y salir contentos y felices... y en cabeza de la clasificación.

Incluso han puesto un vídeo del Granca en la portada de la página de la ACB, lo nunca visto. Está bien, pero en mi vídeo ideal las cheerleaders saldrían menos y no faltaría uno de los personajes emblemáticos del público, el cuarto árbitro. Y desde luego no saldría ese sucedáneo de speaker que tenemos este año y que nos está haciendo echar de menos al anterior semana tras semana. Aún así, bienvenido sea. El vídeo, claro.

25.6.08

www: bbc 1 en el sónar

Gracias a Core News ya está disponible la noche BBC 1 en el Sónar para descargar. En la información no hace distinción entre lives y dj sets, pero la hubo.

Lo de Shackleton es un directo, Flying Lotus hizo un dj set y Mala no lo sé porque no pude verlo.

23.6.08

conciertos: sónar 2008, la anticrónica

Espero que esos señores tan majos que son los redactores del Fotogramas no se enfaden conmigo por plagiarles una de las secciones que más me gustan de la revista, Farenheit 451.

Empezamos.

ZONA GLACIAL

  1. Esta vergüenza de Europa en la que vivimos, que maltrata y desprecia impunemente a los ciudadanos anónimos en los aeropuertos y pone todo tipo de trabas para otorgar visados. Konono nº1 no pudieron salir de Kinshasa porque no les dieron el visado, tal y como yo sospechaba hace unas semanas que ocurriría. Se cumplieron los peores presagios y seguimos sumando sinrazones y abusos en este primer mundo.
  2. Que la organización del festival no avisara de las cancelaciones con antelación ni diera explicaciones, excepto, tal y como supe luego, a través de las noticias en su página web. Lo habitual cuando uno está en un festival no es estar mirando el ordenador todo el rato, así que un poco de información in situ no hubiera estado mal.
    El escenario del Sónar Village permaneció desierto durante la hora a la que se suponía que estaría pinchando Take y no hubo avisos por ningún sitio. En cuanto a Konono Nº1, sólo nos enteramos de que finalmente no podían tocar cuando llegamos al recinto y vimos a El Guincho en su lugar. Un lacónico folio que colgaba de un chiringuito decía "Konono Nº1 just cancelled. El Guincho live now!". Mentira cochina. Konono no cancelaron, los hicieron cancelar. Y podían haberlo dicho antes, puesto que el miércoles por la noche lo oyó Jenaro en la radio mientras yo hacía la maleta y me avisó, pero no estaba seguro del nombre del grupo y yo mantuve la esperanza hasta el final.
    Tres cuartos de lo mismo para la cancelación de Erol Alkan, de la que me enteré al llegar a casa ayer.
  3. Los abusivos precios de las bebidas. Si en el Sónar de Día todo era caro, el aumento de 50 céntimos en todos los productos líquidos en el Sónar de Noche ya era una tomadura de pelo en toda regla. Pagar 2 euros por una botella de agua hacía añorar los precios del Primavera.
  4. Las descompensaciones en la programación. Los terribles solapamientos del viernes por la noche contrastaron con algunos vacíos durante el sábado, si no querías escuchar tralla todo el rato, acentuados por la cancelación de M.I.A. Lo del viernes fue terrible de verdad, me perdí a Mala y a Justice, además de parte de Yelle, Mary Anne Hobbs y Flying Lotus.
  5. La programación del jueves por la noche. Poner sólo tres conciertos, sin DJ de continuidad para amenizar la espera, con un espacio de casi una hora entre Goldfrapp y Leila, hizo que me convenciera de que había sido un error pagar más por asistir a esa noche. Además, no era ni la hora ni el lugar para ver a Leila, cuyo concierto necesitaba un recinto mucho más íntimo donde poder concentrarse en la música.
  6. El comportamiento de parte del público en determinados conciertos, que sólo puede describirse como irrespetuoso, maleducado y grosero. Me parece estupendo que la mayoría de la gente vaya al Sónar a bailar y que sólo quiera caña, pero eso no es incompatible con tener un poco de respeto y consideración en los conciertos que son distintos.
    En el Sónar Hall (para los del Primavera: lo más parecido al Auditorio), un recinto cerrado durante el Sónar de Día con una programación que no era para masas, era imposible disfrutar de cualquiera de los conciertos por culpa del murmullo general. Hubo incluso algunos en los que estuve moviéndome durante medio concierto, hasta conseguir situarme en alguna zona donde no se pasaran todo el tiempo hablando a mi lado. En The Black Dog no lo conseguí y acabé marchándome. Y quiero que quede bien claro que en la mayoría de los conciertos del Sónar Hall los que no paraban de hablar eran españoles.
    En el concierto de Leila durante la noche inaugural los silbidos y pitidos fueron habituales, además de los gritos de distintos grupos de guiris borrachos que no pararon de cantar We are your friends entre canción y canción. Me imagino que pensaban que esa noche iban de fiesta loca y se encontraron con una programación distinta, pero eso no los exime ni evita que sean unos energúmenos descerebrados sin un pizco de educación.
  7. La saturación de videocámaras y cámaras de fotos. Si tienes cierta fobia a salir en fotos o vídeos ajenos, como me pasa a mí, aquello era un infierno. Mucha gente ni siquiera prestaba atención a los conciertos, ni siquiera bailaban, sólo se sacaban una foto tras otra con las que supongo que luego dirán "mira qué bien lo pasamos", pero en realidad es mentira, no lo pasaron bien, sólo pasaron el rato.
  8. Bonde Do Role. Sus bromas sexuales, que con Marina tenían su punto de gracia, se han convertido en un chiste malo que yo desde luego ya no quería oír. El sonido de sus conciertos sigue igual de lamentable, pero esta vez además el volumen llegó al punto de ser atronador. Si a eso le sumas que no les veía la gracia por ningún sitio, el resultado es que a la segunda canción salí pitando.
  9. Los precios de las consumiciones en Clickair, esa compañía de supuesto bajo coste de Iberia. Me pasé las tres horas del avión de vuelta (a la ida fui con Spanair) muerta de hambre, pero cada vez que abría la carta y leía los precios la indignación me corroía y volvía a dejarla sin pedir nada. Después de tres días de festival estaba hasta los pelos de que intentaran timarme cada vez que quería comer o beber algo.
  10. Los pequeños y estúpidos inconvenientes físicos que me asaltaron durante jueves y viernes noche (lo que aquí llamamos dolor de barriga) y me impidieron disfrutar del festival en condiciones.

NI FRÍO NI CALOR
  1. Yo Majesty
  2. Tara De Long
  3. Ben Watt
  4. Yelle. Pero no fue culpa de ella, de hecho la gente parecía pasarlo bien, pero yo me encontraba mal en ese momento y no pude disfrutar del concierto. Quizá hubiera podido estar en la siguiente categoría.
  5. Frankie Knuckles y, en general, todos los DJs de house que hubo en el festival, está claro que no es lo mío.
  6. Que hubiera como un 40% de acreditados. Conté nueve tipos distintos de acreditaciones. Al final, una se sentía pringada total por haber pagado un abono (nada barato, por cierto). Igual en el Primavera también hay muchos y disimulan más, pero aquí, con su cartelito colgado al cuello, saltaban a la vista.
  7. Haberme dejado en casa la cámara de fotos. Cuando me di cuenta, mientras el avión aterrizaba en Barcelona, me llevé un disgusto considerable, pero luego, tras la saturación de cámaras que había a mi alrededor, casi me alegré de no estar pendiente yo también de sacar fotos a los artistas que veía.
  8. Que el dios de las cuarentonas juerguistas se vengara de mí mandándome sendos viajes de fin de curso en los aviones de ida (instituto) y vuelta (colegio). Sobre todo a la ida, fue ver a los niños y que se me cayera el alma a los pies, pero luego resultó que estaban sentados al final del avión y no los oí en todo el rato. Lo mismo sucedió a la vuelta. Está claro que para cierto tipo de excursiones sí se organizan bien los asientos.
  9. Neon Neon. Tienen unas canciones chulísimas, un buen sonido en concierto, unas proyecciones estupendas, unos instrumentos de lo más fashion y una actitud de mierda. El cantante y la guitarrista podrían al menos disimular sus caras de "en realidad no quiero estar aquí". Además, alguien debería decirle a ese híbrido entre Rudy Fernández y Cat Stevens que es Gruff Rhys que no se le entiende un pimiento de lo que dice entre canción y canción, y no es por su acento, es que habla para su barba. Sólo Har Mar Superstar, el invitado especial, puso un poco de ganas en la actuación. Bueno, Boom Bip sonreía de vez en cuando y el batería no paró de sonreír en todo el tiempo, por si sirve de algo.
    Si sus canciones no me gustaran tanto como para haber cantado y bailado de todas formas, me hubiera dado cabezazos contra la pared por haberme ido a la mitad de Yazoo para verlos.
    Y por cierto, nunca los he visto, pero ¿tienen también esta languidez y horchata en lugar de sangre los Super Furry Animals en concierto? Sospecho que no.
  10. Goldfrapp. Un sonido perfecto para un concierto que empezó flojo y fue cada vez a más hasta que, de pronto, se terminó. No duró ni 50 minutos. Y todo el público, boquiabierto y decepcionado. Conté nueve canciones (rememorando cuando terminó). Dudo mucho que fueran más.

CALDEADO
  1. Chacho Brodas, un comienzo de festival estupendo.
  2. Bass Clef y todos sus instrumentos, incluyendo pitos y matasuegras. Además, fue el músico al que vi de público en más conciertos de todo el festival.
  3. Two Pias DJs, levantando los ánimos y haciéndonos bailar y reír la primera tarde.
  4. El Guincho, consiguiendo que la gente bailara a las cuatro de la tarde del viernes a pesar de la que estaba cayendo (un solajero insoportable), y a pesar de que no estaba previsto que hiciera un directo, sino sólo un dj set dos horas antes.
  5. Kalabrese presents The Rumpelorchestra, que sonaba de maravilla, aunque no pude ver el concierto entero.
  6. DJ Yoda. La idea de su Magic Cinema Show es muy buena, está bien ejecutada y por momentos te ríes mucho, pero hay demasiados parones y los cambios de ritmo acaban por saturar. Es como una sucesión de coitus interruptus sin parar durante hora y media, y tampoco hay necesidad de estar sufriendo así. A pesar de eso, tuvo momentos muy buenos.
  7. Hercules & Love Affair. No pude ver el concierto completo, pero el rato en el que estuve sonaba bastante bien y ellos estuvieron encantadores, llegando incluso a sacar fotos al público y agradeciendo que hubiera tanta gente para verlos. Aún así, se nota la falta de Antony en los directos.
  8. Deepchord presents Echospace. Yo tampoco estaba ahí en plenas condiciones, pero son muy buenos y lo demostraron más de lo que yo esperaba.
  9. Yazoo. Si no hubiera sido por Neon Neon, me hubiera quedado durante todo el concierto. Sonaba muy bien, a pesar de que a Alison Moyet la voz parece haberle cambiado muchísimo (y menuda potencia de voz, por cierto), pero me gustó bastante. Ella, además, estuvo muy simpática.
  10. El recinto del Sónar de Noche en la Fira Gran Vía 2, con tanto espacio que en esta isla no cabría. No pasé apretones en ningún momento, cosa que no puedo decir del Sónar de Día, que está pensado para menos gente de la que va en realidad.
    Especialmente bueno era el escenario Sónar Lab, una maravilla para minorías con un sonido que hasta hace poco rato he tenido martilleándome en los oídos. Y otra idea fantástica eran las gradas del Sónar Park, donde pude ver muchos conciertos sentada cuando mis condiciones físicas flaqueaban, o el de Róisín Murphy, que de estar abajo no hubiera visto tan bien el escenario como en la grada de enfrente por la cantidad de gente que había.

AL ROJO VIVO
  1. Toda la noche del viernes en el Sónar Lab, tremenda. Sólo me despegué de allí para ver a Róisín Murphy (me perdí a Mala por eso), y creo que por cualquier otro no lo hubiera hecho, pero no me pude resistir.
  2. El buen rollo, en general. Excepto los problemas que he contado en los conciertos del Sónar Hall y en el de Leila, la gente iba a divertirse y ver divertirse a los demás. Sobre todo bailando, todo hay que decirlo, que en los tres días sólo vi a un dos chicos bastante perjudicados. Los demás, aguantaban en pie como campeones, nada de explanadas y caminos llenos de gente hecha polvo como suelen verse en el FIB. Y no era porque no hiciera calor, que lo hacía y mucho.
  3. Mary Anne Hobbs. La sesión estuvo muy bien, pero me perdí parte del principio porque aún estaba viendo a Yelle.
  4. Flying Lotus, al que además le doy el título de DJ más simpático. No paró de reírse mientras pinchaba, daba gusto verlo tan contento. La sesión, espléndida, aunque eché de menos que hubiera sido un directo en su lugar.
  5. Róisín Murphy, que sí se dejó la piel para dar un buen concierto, no como otros.
    Sobre una camiseta blanca y unos pantalones negros, se cambió de ropa y accesorios en todas y cada una de las canciones. Bailó tanto que tuvo que acabar exhausta, y reconozco que se me puso el corazón en un puño cuando la vi sacar una silla como la de su accidente de hace unos meses. Creo que ése fue el único número en el que se cortó un poco, cosa lógica, pero por lo demás se movió por todo el escenario sin parar. El sonido no era tan perfecto como lo fue el de Goldfrapp, pero se fue entonando a lo largo del concierto, hasta culminar con Overpowered y Ramalama (Bang bang), que fueron las dos mejores canciones que tocaron. Todas las canciones, además, sonaron completamente distintas a las versiones de los discos, cosa que se agradece, un poco de innovación.
    Espectacular, por cierto, el inicio, con los músicos tocando en la semioscuridad y la aparición de las dos chicas del coro bailando al estilo Devo. Todos los que estábamos en las filas superiores de la grada nos pusimos en pie y ya no paramos de bailar ni un segundo. Suerte que aguantó.
  6. Buraka Som Sistema en sus dos sesiones del sábado. Me salvaron la noche.
  7. Shackleton. Un directo magnífico, me hubiera quedado toda la vida allí, escuchándolo. De los mejores del festival, sin ninguna duda.

  8. Y ahora, por favor, un redoble y un momento de atención, que llegan los tres mejores conciertos de todo el Sónar.

  9. Tender Forever, o de cómo una sola persona puede hacerte bailar, hacerte reír, emocionarte, erizarte la piel, engancharte a sus canciones y hacerte desear que el concierto durara más, mucho más de la hora y algo que le permitieron tocar. Y todo eso sin haber escuchado antes ni una sola de sus canciones, sólo guiándome por la recomendación leída hace ya tiempo en Fuck me I'm twee, que se me había quedado grabada y por eso corrí para estar allí a las cinco de la tarde. Qué suerte leer blogs, qué suerte fiarme de ellos y qué suerte que en la progamación del Sónar tengan cabida propuestas tan distintas.
    Mélanie Valera se ganó mi simpatía, mi cariño, mi respeto y mi admiración; además de ser la primera artista no española en formar parte de mi campaña "Apoya a los músicos que valen la pena". Me tuve que recorrer todo el festival buscándolos, pero al final encontré sus discos en la caseta del merchandising y compré los dos.
  10. Buraka Som Sistema en concierto, o de cómo bailar en el festival más in del país como si tuviera 15 años y estuviera en una de esas noches de los Carnavales de Las Palmas en las que sólo ponían salsa en los chiringuitos y bailábamos sin parar hasta el amanecer. La continuación de la noche BBC 1 en el Sónar Lab fue un concierto y una fiesta, con la energía desbordando el escenario y al público. También fue una demostración de cómo aunar todo tipo de influencias (la música angoleña, brasileña, el dubstep, la música de baile de los 90), actualizarlas y convertirlas en un torrente imparable de sonido y ritmo.
    El concierto, además, fue muy divertido. Cuando empezaron a cantar I like to move it sobre la base del Night de Benga y Coki yo me partía de la risa. Los tres MCs, Conductor, Kalaf y Sabrosa, una chiquilla que tiene o aparenta 16 años y unas tablas en el escenario que ya quisieran otras, hicieron lo imposible por mantener el nivel durante todo el tiempo, una hora y pico larga. Hablando en inglés y español, cantando, moviéndose sin parar, consiguieron que hasta la última persona del público se enterase de lo que es el kuduro. Lo único malo de todo el concierto, si es que se puede decir que tuviese algo malo, fue precisamente ese público, que debía de estar compuesto por panolis o sonados, porque no había manera de que respondieran a las peticiones de participación del grupo. No fue el único concierto en el que presencié algo así, de hecho sucedió en todos. Supongo que es una más de las diferencias entre un festival de música electrónica y uno de rock.
  11. COH plays Cosey, o de cómo llegar al Sónar Hall huyendo de una tarde de sábado con demasiado calor, demasiada gente y demasiada tralla y encontrarte con un regalo inesperado y maravilloso. Más que cualquiera de los conciertos en los que yo había puesto mis expectativas. Con un símil banal, diré que fue como una de esas noches en las que sales un poco desganado a tomar sólo una cerveza y acabas llegando a tu casa a las siete de la mañana diciendo que ha sido la noche más divertida en muchos años.
    Soy consciente de que es muy probable que yo no hubiera llegado a este disco nunca. De hecho, sé que estuvo para descargar en bolachas grátis y yo no sólo no lo bajé, sino que ni leí lo que ponían de él. Supongo que la música electrónica atmosférica, evocadora y experimental no entraba dentro de mis quinielas. Y sin embargo, allí estaba yo, enganchada a aquellos sonidos desde la primera nota, incapaz de abandonar la sala; más aún, avanzando cada vez más hasta situarme en el centro, delante de Ivan Pavlov y su chaleco naranja fluorescente iluminado por dos focos blancos, en aquel mínimo espacio en el que nadie hablaba y el chico que estaba a mi lado y yo formábamos una burbuja en la que el sonido iba martilleando poco a poco, hasta conseguir romper la corteza y hacer que nuestros movimientos se aceleraran para llegar a algo que podríamos llamar baile durante la larga, rítmica y ascendente recta final.
    Ivan Pavlov sonreía y sacudía la cabeza después de cada trozo especialmente escarpado o difícil. Sonreía como si fuera consciente de que lo que nos estaba ofreciendo no era fácil de digerir, pero sin embargo, lo era, o al menos lo parecía. Las muestras de la voz de Cosey Fanni Tutti se percibían como navajazos directos al corazón. Cada nota que recordara al sonido de algún instrumento de percusión eran los golpes que lo hacían revivir después de la agonía.
    Me resulta muy difícil explicar cómo era aquella música. No estoy acostumbrada a escuchar ese tipo de sonidos, así que menos aún a ponerlos en palabras. Pero me gustó tanto estar allí que sólo ese concierto valió un festival entero.
    Supongo que se notaba, porque en un determinado momento, mientras me movía con los ojos cerrados, sentí la luz de un flash sobre mí, y al volverme me encontré al chico que estaba a mi otro costado sacándome fotos. Así que, si algún día lees esto, que lo dudo, europeo de procedencia indeterminada aunque no española, te agradecería que borraras mis fotos. Creo que ya ha quedado claro que no soy muy fotogénica y odio salir en fotos ajenas. Sin embargo, tengo que decir que en aquel momento no me importó ni lo más mínimo.

Y hasta aquí, mientras escucho de fondo los voladores que celebran que ya es San Juan en Las Palmas (es el patrón, mañana es fiesta local y no trabajo), lo que dio de sí el festival para mí. No he leído ninguna otra crítica y las opiniones que yo he dejado aquí son, cómo no, personales y subjetivas. No me cabe la menor duda de que cualquier otra persona, con otras circunstancias, habrá vivido el Sónar de forma distinta. Probablemente con otra hoja de ruta y con otra percepción de los conciertos, pero lo que aquí queda es la única manera en que pude vivirlos yo.

Por último, aunque dudo mucho que lea estas líneas, quiero darle las gracias a Ramón, el periodista de La Vanguardia con el que estuve charlando mientras pinchaban los Buraka la noche del sábado, por la conversación, que fue muy agradable y a mí, además, me sirvió para reordenar y recapitular mis ideas sobre el festival. No podré leer sus crónicas (no están en la web), pero seguro que estarán muy bien.

Y gracias también a Jose, el amigo con el que fui al festival, que me soportó y me ayudó cuando mi malestar me hizo estar de un humor de perros. Y eso no es nada fácil.

Ahora sí. Doy por cerrado el capítulo de los festivales de verano, y con ellos, mis principales posibilidades para ver música en directo. De aquí a final de año, hablaremos de la mortalidad del cangrejo de río.



En la imagen, de porthole_head, COH plays Cosey.

(Vale, lo último es broma.)

16.6.08

conciertos: ps 2008, una crónica (y iv)

He estado una semana dándole vueltas a cómo escribir esta entrada, la última y más difícil de la serie. Al final he llegado a la conclusión de que todo lo que quiero decir se resume en una frase: no sirvo para ser fan.

Voy a contar de forma cronológica lo que tiene que ver con el Primavera y luego intentaré explicar mis reflexiones posteriores.

El viernes por la tarde me acerqué a la caseta de Ladinamo con la intención de preguntar cómo tenía que hacer para suscribirme a la revista que editan, y explicarles que les había mandado un correo preguntándoles pero que nunca me habían contestado. Cuando llegué, me puse a mirar los discos y las revistas que había sobre la mesa y sólo me di cuenta de que quien estaba allí en ese momento era Malela, de Grande-Marlaska, cuando ella salió de detrás del periódico que leía y me miró. Entonces le dije que me había encantado el concierto y ella me dijo "ey, tú estabas allí". Me hizo mucha gracia porque yo pensaba que era imposible que los músicos vieran al público desde el escenario, pero no contaba con que era de día y no éramos muchos los que estábamos en las primeras filas.

A continuación, intenté contarle lo mucho que me gusta el disco y cuánto valoro lo que hacen, pero me puse nerviosa, me enredé en mis propias palabras y me fui de allí sin coger los números anteriores de la revista de Ladinamo (tenía el último porque alguien lo había dejado tirado por ahí y yo lo había recogido), sin preguntarle por la suscripción y sin comprarme el EP de Garzón, que seguramente ya nunca conseguiré. Y me sentí estúpida y pensé que tenía que subsanar aquello al día siguiente.

Un par de horas más tarde acompañé a Jenaro a la caseta de Limbo Starr y me puse a mirar los discos mientras él miraba las camisetas. Al cabo de bastante rato, cuando yo tenía el último de Tachenko en la mano y lo estaba comentando, miré hacia mi derecha y resulta que Sergio Vinadé estaba allí al ladito y yo no lo había visto. Repetimos la jugada. Le dije que me había gustado mucho el concierto, que para mí había sido uno de los mejores del festival hasta el momento, pero no paré de pensar que no me estaba explicando bien, porque yo quería poner en palabras que de verdad había sido un conciertazo y no era capaz. Jenaro me animó a comprarme los dos discos en lugar de sólo el último y Sergio me dio las gracias por comprarlos. Y entonces le dije que no, que gracias a él por el concierto y por todo lo que hacían, pero volví a sentirme estúpida sin saber muy bien por qué. Los discos, por cierto, no se despegan de la cadena de música de casa estos días.

Al día siguiente, el sábado, fuimos a ver a Darren Hayman y Jack Hayter al concierto del parque. Como ya les conté en el capítulo 3 de esta crónica interminable, Darren estuvo haciendo bromas sobre lo viejas que estaban las camisetas de Hefner que llevaba la gente y animándolos a comprar otras nuevas. Y, cuando terminó el concierto, me acerqué a la mesa del merchandising a ver qué había. Lo que me encontré fue a un montón de gente dándose codazos y empujándose sobre una mesa minúscula, tratando de alcanzar los discos que había sobre ella y lamentándose de que no quedaran camisetas. Parecían aves de rapiña. Mientras esperaba en segunda fila a que se hiciera un hueco y poder preguntar por los discos de Hefner que no tengo, apareció Darren, sudoroso y cansado, pero con aspecto feliz, y se situó en uno de los laterales de la mesa. En ese momento, muchas de las personas que se peleaban por los discos empezaron a preguntarle si tenía cambio o cuánto costaban los discos y a intentar pagarle lo que querían. No decían nada más. Sólo "toma, cóbrame esto" o "¿por qué no hay más camisetas?". Esperé un ratito a hacerme visible y cuando me miró por fin le dije que el concierto había estado genial. Tuve que lidiar con mis nervios y mi habitual torpeza en estas situaciones, y encima hacerlo en inglés, así que mi frase no pudo ser más corta. Pero él me dio las gracias y yo me fui con la conciencia más o menos tranquila.

Durante mucho rato después de eso estuve pensando como uno de los músicos que admiro y respeto era tratado por hordas consumistas como un simple medio para conseguir un artículo. Tú estás aquí, yo te pago y me voy con mi botín. Intenté ponerme en su lugar. Intenté pensar cómo una persona que acaba de dar un concierto y ha puesto parte de sí mismo en él tiene que rebajarse a intentar vender discos a toda costa, olvidando en segundos lo que acababa de pasar en el escenario. Y todos los pensamientos a los que llegué eran bastante desagradables.

Me encantaría, claro, que la industria musical diera más visibilidad al trabajo de los artistas y menos a los números. Que pudiéramos tratarlos como personas, con el mismo respeto con el que trataríamos a cualquier otro, y no como si fueran subordinados a nuestro servicio.

Por otra parte, también me encantaría entender por qué demonios no puedo tener una conversación normal y tranquila con las personas que hace cosas que me parecen interesantes. Supongo que para eso tendría que remontarme a experiencias vividas muchos años ha. Supongo que en parte mi problema es que he conocido a personas que se comportaban como groupies auténticas y no quiero en ningún caso parecerme a ellas ni que mi comportamiento pueda confundirse con el suyo. Yo sólo quiero ser capaz de decir: "me gusta lo que haces y lo valoro mucho". Y ya está.

Lo curioso es que yo no soy una persona tímida en mi vida normal. En realidad soy más o menos como parezco aquí. Pero, de alguna manera, en todos los aspectos que conforman mi vida yo tengo un sitio bien definido, con unas coordenadas claras. Sé quién soy y dónde estoy, y las relaciones que mantengo con la gente que me rodea también están bien definidas. Sin embargo, hay algunas situaciones en las que sólo me encuentro muy de vez en cuando, y todavía no he aprendido a comportarme en ellas.

Los mismos nervios que me asaltaban en el Primavera hablando con cualquiera de los músicos mencionados aquí son los que hacen que no me guste entrar en tiendas de música pequeñas y preguntar a los dependientes. Me pongo nerviosa, miren qué tontería. Siempre pienso que saben mucho más que yo y me siento pequeña y estúpida. A mis 30 años, nada menos. Así que nunca pregunto por todas las cosas que quiero. Es más, puedo revolver estanterías enteras durante horas con tal de no preguntar "¿tienes tal o cual disco?". Lo he hecho muchas veces. Por supuesto, luego me siento más estúpida aún por no haber preguntado. Y eso que he mejorado mucho gracias a Jenaro, que me obliga a preguntar cada vez que estoy en esa situación. Si no fuera por él, yo seguiría en plan autista mucho más a menudo que ahora.

Por las mismas razones, no soy capaz de decirle a mis amigos escritores que los admiro por las cosas que hacen. ¡Y son mis amigos! Pero, de alguna forma, siempre me pongo nerviosa cuando tengo que decir algo tan sencillo como "este relato me encanta". Y al final acabo por no decirlo, lo cual es muchísimo peor que decirlo de forma escueta, pero mis nervios me acaban controlando siempre. Y los correos que tenía que haberles mandado después de haber leído tal o cual cosa siguen en el limbo de lo nunca escrito. Como tantas otras cosas.

Lo que más gracia me hace de todo es que la única vez en mi vida que viví un concierto como fan total, con mis lágrimas de emoción y acercándome a saludar con el corazón en un puño, no pensé en los nervios en ningún momento. Supongo que no me dio tiempo. Mi actitud fue bastante impulsiva y salí de allí eufórica como pocas veces en mi vida, pero claro, es algo que sólo podría sucederme con dos personas en este mundo: Dios padre y Dios hijo, y era Dios padre quien estaba dando aquel concierto.

El día que escriba un best-seller y me haga mega-archi-ultra-famosa sabré que se siente al otro lado de toda esta incapacidad mía. Mientras tanto, seguiré esforzándome por expresar con palabras algo tan simple como "qué bien escribes" o "qué bueno ha sido tu concierto".

Y ahora sí, me despido del Primavera Sound 2008 y me preparo para el Sónar 2008, que empieza dentro de tres días y, excepto cataclismo de última hora, yo estaré allí para verlo.

PD. Por supuesto, ustedes y yo sabemos que nunca escribiré un best-seller.

8.6.08

conciertos: ps 2008, una crónica (iii)

Recibimos el último día de festival con mucho mejor cuerpo que el día anterior, aunque yo me hubiera quedado durmiendo ocho o nueve horas más si me hubieran dejado. Pero una nueva cita con mi nostalgia me esperaba en un parque de algún rincón de la ciudad y no quería llegar tarde ni por nada del mundo. Lo bueno de los festivales es que siempre queda algún concierto por ver, mientras las fuerzas aguanten, así que por muchas decepciones que uno se haya llevado antes, la esperanza de encontrar ese momento especial que recordaremos toda la vida siempre es lo último que se pierde.

Después de hacerle una regañiza a la bruja del euro y pico por un vaso de agua cuando pasamos por delante de su cafetería, desayunamos en un bar de viejo, de los buenos de verdad, mientras escuchábamos una conversación sobre payos, gitanos y pisos protegidos que a Jenaro le pareció extrapolable a Madrid palabra por palabra, incluyendo los nombres de algunos barrios. Un paseíto de rigor por el metro, esta vez para recorrer media Barcelona, y a las dos menos cuarto en punto estábamos entrando por la puerta del Parc de Joan Miró. Y la música ya sonaba...

Lo primero que llamaba la atención era que el escenario estaba a pie de suelo y al lado de una de las entradas del parque, precisamente por la que entramos nosotros, así que giramos la esquina de la valla y de pronto lo teníamos justo delante. Había alrededor de cien personas, muchos de ellos padres con niños pequeños, y desde el suelo ya no se podía ver bien porque todos los huecos que quedaban libres tenían una palmera delante. Las sillas blancas de terraza de apartamento de playa ya estaban todas ocupadas. Pero, por suerte, había una rampa en un lateral que seguía vacía y desde la que vimos todo a la perfección (excepto, como pueden apreciar, a Jack Hayter). Se fue llenando poco a poco, creo que el concierto al final lo vimos unas 200 personas, pero nuestra primera fila la mantuvimos sin problemas.

El concierto fue un lujo indescriptible. Cojan todo lo que dije de Sebadoh y denle la vuelta. Darren Hayman parecía querer agradar al público por encima de todo, y doy fe de que lo hizo. Todos los temas que fueron tocando, uno tras otro, sonaban como un pequeño regalo para el público. Delicados cuando tenían que serlo, enérgicos cuando correspondía, nunca un concierto en un espacio tan abierto e impropio, con los coches pasando a pocos metros de nosotros, me resultó tan íntimo y exquisito, como en un equilibrio precario que supieron mantener durante la hora y poco que estuvimos allí. Sólo rompieron el equilibrio los ladridos de dos perros que se encontraron entre el público porque sus dueños consideraron que aquel concierto era un lugar apropiado para ellos. Los hubiera abofeteado. A los dueños, claro.

Supongo que si tuviera que elegir ese momento especial del que hablaba al principio de esta entrada sería allí, en el parque, cantando The hymn for the cigarettes, esa maravilla de canción. Y juraría que no fui la única, a juzgar por las sonrisas del resto del público. Entre canción y canción, Darren se reía, nos presentaba a los dos miembros de The Wave Pictures que los acompañaban, nos recomendaba el concierto que daría ese grupo el domingo (y que yo no podría ver, como la mayoría de los asistentes al festival que no viven en Barcelona) y hacía bromas sobre lo viejas que parecían las camisetas de Hefner que veía entre el público. Su aviso de que había una mesa en la que se podía comprar merchandising surtió efecto y, cuando me acerqué a curiosear al final del concierto, las camisetas estaban agotadas. Y eso que eran celestes.

Todo el asunto de las camisetas me dio mucho que pensar, pero eso irá en la cuarta y última entrada de esta crónica, que va a ser puramente reflexiva. Por lo pronto nosotros nos habíamos reunido con algunos amigos residentes en Barna que no pudieron asistir al festival por todo aquello del trabajo que comenté en la primera parte de la crónica y nos fuimos a comer a un japonés para reponer fuerzas. El sushi estaba exquisito, igual que todo lo demás, pero me temo que la relación cantidad/precio no tenía nada que ver con la de nuestro japonés preferido de Las Palmas, el Fuji. Aún así, disfrutamos mucho de la compañía y ni la lluvia que nos llevaba acompañando desde que terminó el concierto nos hizo palidecer. Nos fuimos al hotel a dormir la siesta de rigor y me olvidé de ver a Times New Viking porque llegar a las 17:00 al Fórum hubiera sido imposible incluso renunciando a la siesta.

El Fórum nos recibió con tanta niebla que resultaba difícil distinguir las siluetas de los edificios y la línea del horizonte unos metros más allá. La tarde empezó con Silver Jews y reconozco que no me convencieron demasiado, a pesar de las muchas ganas que tenía de verlos. En primer lugar, me pasé todo el rato pensando que tenía que haber elegido a Lightspeed Champion, uno de los grupos que más rabia me dio perderme de todo el festival. Ya sabía que esa franja horaria iba a ser conflictiva para mí. En segundo lugar, estaba sentada en las gradas del ATP y sospecho que el sonido no era tan bueno como hubiera sido de estar enfrente del escenario, además de que se hacía difícil meterse en el ambiente desde allí. De todas formas, debo decir que el resto del público sí parecía estar disfrutando mucho, y de hecho esta foto más o menos lo atestigua.

Después de Silver Jews se presentaba la disyuntiva de elegir entre Buffalo Tom y Young Marble Giants. No tenía tickets para el Auditorio, y me daba demasiada pereza hacer la cola para entrar y luego tener que salir con los conciertos de la siguiente hora empezados. Así que opté por Buffalo Tom.

El principio estuvo muy bien, sonaban enérgicos y con bastante ritmo. Pero al cabo de cinco o seis canciones se empezaron a desinflar y a enredarse en guitarras quejosas y pesadas. Jenaro llegó a la conclusión de que ya no era el momento de escuchar a estos grupos. No todos los revival sientan bien, eso está claro, y parece que los grupos de cierta época de los 90 no tienen la garra necesaria para que sus conciertos sean disfrutables de principio a fin. No sé si puede ser falta de aptitud, de ganas, de maestría o de adaptación, pero está claro que hoy en día se hace muy cuesta arriba ver uno de estos conciertos. Sebadoh, Buffalo Tom, Dinosaur Jr. hace un par de años en el FIB (en el Primavera no los vi), Girls Against Boys el año pasado en el Primavera... O ya no es su tiempo o nosotros no sabemos adaptarnos a ellos. Y yo creo que es lo primero.

No duramos el concierto entero, pero yo tenía una nueva decisión que tomar antes de moverme: Kinski o Stephen Malkmus. En condiciones normales creo que hubiera ido a ver a éste último. Pero tal y como había ido saliendo el festival, me daba auténtico pánico encontrarme otra vez con un concierto coñazo y una celebridad incapaz de mantener el tipo. La verdad es que no he hablado con nadie que fuera a ese concierto, ni he leído nada de él, así que no sé si me hubiera gustado. Aún así, casi puedo asegurar que acerté al ir a ver a Kinski, porque fue uno de los conciertos que más disfruté de todo el Primavera.

Viendo las fotos de su página web uno descubre que Kinski no son tan jóvenes, pero en el escenario parecían unos chavales. El concierto fue guitarreo puro, enérgico, rítmico y con un sonido demoledor. Creo que no paré de saltar un segundo. Quizá sus discos no sean de mis preferidos ni los vaya a escuchar demasiado a menudo, pero en directo desde luego valen mucho la pena. Y cuando hace falta una inyección de energía, más aún. Lo único que me pregunté durante todo el tiempo es si conseguiría ver la cara de Lucy Atkinson, la bajista, escondida tras su melena negra sin flequillo. Y no.

Cuando terminaron aprovechamos para cenar por primera vez en la noche (mi dieta primaveral consistió, todas las noches sin excepción, en un perrito temprano y una porción de pizza después) y para coger sitio en nuestros siguientes conciertos: Jenaro se quedó en el Rockdelux para ver a Morente y Lagartija Nick y yo me fui con Diego a ver a Mission of Burma.

El concierto de Mission of Burma fue una descarga de adrenalina sin pausa. Y de la buena. Desde el primer momento sin parar de saltar y cantar un minuto, y eso que yo no me sabía las canciones. No me pregunten qué canté, a esa hora ya todo parecía posible. Fue un concierto descomunal; el grupo estaba inspirado, preciso, profesional. En estado de gracia. Creo que me dejé la garganta gritando That's when I reach for my revolver, y en general los pies durante todo el concierto. Sólo paré un momento, y fue para ir a los servicios del fondo del escenario y encontrarme con la mejor camiseta de todo el festival (de esta canción). El chico que la llevaba puesta me dijo que la había conseguido en un concierto del grupo en Nueva York la semana pasada y me estuvo enseñando las fotos del concierto. Me dio envidia, lo que debe querer decir que soy una loca peligrosa, porque no es normal que en pleno festival y con la saturación musical que tenía ya encima pudiera sentir envidia de otro concierto distinto. Claro que había sido en Nueva York. De todas formas, volví a mi sitio, cerca de las primeras filas, con Diego y probertoj, y en un par de saltos más se me había olvidado del todo aquella sensación. El final del concierto, como no podía ser de otra forma, fue apoteósico. Salí de allí agotada y con otra sensación igual de peligrosa: la de que ya podía irme porque había visto algo que valía la pena. Eso ya me ha pasado antes y suele dejarme para el arrastre el resto de la noche.

Jenaro llegó en condiciones parecidas del concierto de Morente y nos fuimos a esperar a que empezaran Shellac en el césped del ATP. Al final vimos todo el concierto allí.

La foto es una castaña porque estábamos muy lejos, pero tiene que haberlas mucho mejores por ahí (en la entrada al respecto del foro del Primavera, por ejemplo, hay algunas chulísimas). El concierto fue impresionante, pero yo estoy segura de que lo habría apreciado mucho más si no acabara de ver a Mission of Burma. Salí de allí pensando que verlos en directo, en ese programa doble que iban a compartir los dos grupos en salas pequeñas por varias ciudades españolas, tenía que ser todo un lujo. Jose estuvo en el de Madrid y nos confirmó que fue la bomba, y eso que él ya los ha visto tres veces. En el ATP, a pesar de que el sonido fue alucinante y de que el concierto estuvo muy bien, me quedé con la sensación de que había demasiada gente para lo que ellos hubieran querido. Cuando Scout Niblett salió al escenario para pedir la colaboración del público ("Do you have any questions?"), era imposible escuchar lo que algunos interaron preguntar. Lo que queda claro es que Shellac es un pedazo de grupo y que algún día habrá que intentar verlos de nuevo.

La opción natural de la noche hubiera sido ver a Les Savy Fav. Pero yo sentía que esa noche, y en general durante todo el festival, había visto mucho rock y poca electrónica, y necesitaba otra cosa o iba a acabar saturada. Así que nos fuimos a 808 State, pero duramos nada y menos allí. Jose, nuestro gurú electrónico de los festivales, nos dijo que no era lo que esperaba y que DJ Funk y DJ Assault serían más divertidos, así que pusimos rumbo al Vice y sus escaleras infernales por segunda vez en el día. Los adalides del ghetto-tech pusieron a todo el escenario a bailar. Había gente, pero mucho hueco, y podíamos movernos a nuestro antojo. Y doy fe de que lo hicimos. Lo pasamos muy bien, la verdad, a pesar de que me parecía surrealista estar allí bailando ante dos pantallas gigantes en las que no paraban de aparecer tetas y culos. Pero hay que reconocer que el booty house es de lo más divertido.

Estuvimos allí hasta que Digital Mystikz (Mala y Coki, aunque venían con Loefah también) estaban a punto de empezar y nos fuimos al CD-Drome. Creo que fue el concierto que más corto se me hizo de todo el festival y juraría que duró menos de una hora. Nos pasamos todo el tiempo en una especie de trance introspectivo, con la cadencia de la música moviéndonos a ritmo lento y contagioso. Me dejaron con ganas de más dubstep, así que espero que el Sónar me sirva para resarcirme aunque sean otros grupos a los que vea. Las fotos que tengo están borrosas y sacadas de muy lejos, así que no pongo ninguna.

Sólo quedaban Simian Mobile Disco. Durante el día, antes de la famosa siesta, habíamos ido a uno de esos maravillosos lugares que son los locutorios (no es irónico, si no fuera por ellos no nos sería tan fácil tener internet cuando estamos fuera) para sacar las tarjetas de embarque para el avión del día siguiente y nos habíamos encontrado con un correo del festival en el que nos informaban de que Simian Mobile Disco habían tenido un problema con el transporte y habían perdido sus instrumentos, así que en lugar de un concierto harían un DJ set. Eso nos fastidió un poco, y supongo que influyó en que esa noche nos fuéramos en cuanto empezaron a sonar. Me imagino que estarían bien, pero el cuerpo ya no nos daba para más. Supongo que deberíamos agradecer al cansancio que nos librara de calarnos en la tormenta que cayó después y de la que no nos enteramos. Creo que a los dos segundos de llegar al hotel ya estábamos dormidos como angelitos.

Y digo yo que nos lo merecíamos. El año que viene, con un poco de suerte, más.

4.6.08

conciertos: ps 2008, una crónica (ii)

Nos despertamos el viernes por la mañana convertidos en despojos humanos. Es lo que suele pasar cuando uno se acuesta 24 horas después de haberse levantado, de las cuales además se ha pasado 10 o 12 bailoteando y correteando de un lado para otro... con un vaso de cerveza en la mano durante casi todo el tiempo. Después de que intentaran, por supuesto sin éxito, cobrarnos 1'20 euros por un mísero vaso de agua en la cafetería donde desayunamos, pusimos rumbo al centro para cumplir con la peregrinación obligada de cualquier adicto a las compras culturales que viva en una ciudad de la ultraperiferia. Es decir, cogimos el metro y nos plantamos en la Fnac de la Plaza Cataluña.

Las compras fueron bastante exitosas y sólo me faltó por encontrar un libro que me imagino que debería ir considerando carne de librería de segunda mano. La palabra descatalogación ya fue mencionada por el dependiente de una de las pocas librerías decentes de Las Palmas. En total, dos libros y un disco se unieron a mi lista creciente e inabarcable de posesiones pendientes de procesar. A día de hoy al menos el disco ha conseguido abandonarla. Lo de los libros tardará un poco más.

Comimos todo el mini-grupo en un sitio que conocía Diego del año pasado y en el que algo parecía estar fuera de la realidad. Era un restaurante con decoración y menaje de sitio de postín y con un menú de precio ajustado a bolsillos renqueantes. La camarera, sin embargo, era antipática como ella sola, pero a nosotros nos dio igual. Con la lógica festivalera presente, elegimos los platos no por cuánto pudieran gustarnos sino por cuánto pudieran llenarnos y conseguir que no necesitáramos hacer mucho uso de la oferta gastronómica del recinto del Fórum. Después de la comida, hicimos acopio de moral y nos fuimos a hacer cola para conseguir las entradas de Portishead en el Auditorio. Media hora bajo un sol abrasador y lo habíamos conseguido, así que nos fuimos al hotel a dormir la siesta que nos merecíamos y yo renuncié, con todo el dolor de mi corazón, a ver a Russian Red a las 17:00.

El primer concierto de la tarde, uno de mis imprescindibles del festival, era el de Grande-Marlaska. Había estado chispando hasta ese momento, pero justo cuando se acercaba la hora del concierto, las nubes emigraron y dieron paso a un sol de justicia, que nos puso muy cuesta arriba a todos estar en el escenario Rockdelux. Para el público fue duro, para el grupo me imagino que debió de ser un infierno (y así lo confirmó Malela casi suspirando, antes de la última canción: "¡qué calor!, ¿no?"). Y, sin embargo, el concierto fue una delicia. Al principio la voz de Roberto no se oía mucho, pero al cabo de dos o tres temas el volumen era perfecto. Todas las canciones sonaron de maravilla, ellos estuvieron encantadores y creo que todos los que estábamos allí disfrutamos muchísimo del concierto. Sonaron todos los temas del disco y algunos del EP de Garzón, ese EP que no tengo y que no compré nunca porque soy estúpida y otra serie de cosas que ya contaré. Volviendo al concierto, no paré de bailar, me emocioné cuando sonó Ideología, pero también con unas cuantas más, y se me hizo corto, corto, a pesar de que duró al menos una hora. Salí de allí achicharrada y feliz.

A continuación, nos dirigimos hacia el CD-Drome para ver a The Felice Brothers. Yo esperaba algo más o menos tranquilo y bucólico, pero me encontré con una fiesta disparatada entre vaquera, irlandesa y neoyorquina. Fueron muy divertidos y bastante simpáticos entre canción y canción. Recuerdo vagamente que le dedicaron una canción al whisky y parecía todo muy alegre, pero en el fondo sabíamos que hablaban de corazones rotos y tristeza otoñal. Me gustaron bastante más de lo que esperaba.

Acto seguido, rumbo al Vice y sus escaleras del infierno (que todo el mundo menos yo creía que no eran para tanto, supongo que debería hacérmelo mirar) para ver a No Age. El disco me gustaba y esperaba que el concierto también, pero no me dijeron demasiado. Ruido hacían, desde luego, pero no el ruido más o menos ordenado que mi cabeza puede soportar. Supongo que, como en esa frase tan traída y tan llevada, no eran ellos, era yo. No conseguí conectar. Aguanté un poco más que Jenaro y Jose, pero me fui pronto a unirme a ellos en la cola para ver a Portishead en el Auditorio.

Ahora es cuando llega el momento de la decisión equivocada. La gran cagada del festival. Eso que pasa cuando te cambian los planes y te ofuscas tanto que no sabes qué hacer, pero sospechas que te equivocarás de una u otra manera. Y, efectivamente, nos equivocamos. A punto ya de entrar en el Auditorio nos dijeron que el concierto se retrasaba una hora. A mí me pareció demencial meterme en una sala vacía durante una hora mientras estaban tocando los Sonics, a los que pensaba renunciar para ver a Portishead. Así que decidimos ir a ver un rato el concierto antes de volver para allá.

Y los Sonics me gustaron mucho. Sí, están mayores. Lo que hacen ahora no se puede llamar punk ni de lejos. Pero tienen una marcha en el cuerpo que ya quisieran otros. Cuando vimos a Lou Reed hace unos años, en Santiago, lo primero que pensé cuando empezó el concierto fue que aquel hombre no estaba ya para estar allí de pie. Que casi no podía ni tocar la guitarra. Que no conseguía imaginármelo más que en un asilo o una casa tranquila en la que no tuviera que hacer nada. Pero los Sonics no transmitían esa sensación. Se les veía viejos, mucho más viejos que a Lou Reed, de hecho, pero nos divirtieron, nos hicieron mover el esqueleto un buen rato y sonaron bien. Yo no esperaba más.

La mala decisión llega ahora. Una hora de retraso para Portishead significaba que empezarían a la misma hora que Sebadoh. Y yo opté por quedarme fuera para ver a Sebadoh. Fue uno de los grupos más importantes de mi adolescencia. A Portishead los había visto, más o menos, la noche anterior. Creía que era lo que tenía que hacer. Y Jenaro decidió quedarse a ver a Sebadoh conmigo. Aunque sólo fuera por la paliza que le había dado con ellos.

Me equivoqué. El concierto de Sebadoh, para mí, fue el peor de todo el festival. Aburrido, tedioso, insoportable. Canciones ásperas y arrugadas sin una pizca de ritmo, de luminosidad. Un repertorio infumable para aquel sitio y aquella hora. Diría que era un repertorio infumable para cualquier sitio y cualquier hora. El comentario más oído a nuestro alrededor era que estaban tocando todos los temas más raros y difíciles adrede. Fue un rato horrible y terminamos con una mezcla insoportable de frustración y resentimiento. En ese momento odiamos los festivales. Odiamos la palabra escenario.

Intentamos animarnos y nos fuimos a ver a Devo, que, afortunadamente, nos devolvieron la energía que se nos había esfumado antes. Lo suyo no fue un concierto, fue un show, un espectáculo de variedades en el que el público podía involucrarse cuanto quisiera. Bailar, gritar, aplaudir. Todo lo hicimos, y fue divertidísimo. "Do you want Booji Boy?" es una frase que no se me ha quitado de la cabeza todavía. Tocaron todos los temas míticos entre proyecciones. Lanzaron al público caramelos y sombreros rojos piramidales. Se despojaron de los monos de papel que llevaban puestos rompiéndolos con las manos. Hubo hasta un tipo disfrazado de conejo en el escenario. Me imagino que si alguien los ha visto ya en concierto, no le ofrecen nada nuevo. Pero para mí era la primera vez que los veía y la disfruté muchísimo. Además, falta nos hacía.

De Devo, Sebadoh y los Sonics no hay fotos porque estaba demasiado lejos.

Nos fuimos a ver a Fuck Buttons, uno de los grupos por los que yo tenía curiosidad. Estábamos hechos polvo, pero afortunadamente conseguimos sitio en las gradas del escenario ATP y nos dispusimos a ver el concierto. Fue, más o menos, una experiencia religiosa. Un muro de sonido cayendo sobre nosotros, pero sonido del bueno, de ése en el que uno sí quiere perderse. Andrew Hang y Benjamin Power tardaron un poco en salir, pero se esforzaron mucho para que todo sonara perfecto y yo creo que lo consiguieron. Todo el espíritu y la magia del disco estuvieron allí. Debo reconocer que, durante diez o quince minutos del concierto, fui víctima de un sopor que no me dejaba levantar cabeza. Me dormí, pero de puro agotamiento, y durante aquel rato me sentía envuelta por los sonidos que llegaban del escenario, sin ser capaz de distinguirlos del todo. Cuando nos fuimos, a cinco minutos del final, estaba como nueva.

Después de Fuck Buttons vi a The Go! Team durante un buen rato, pero no me entusiasmaron demasiado. Supongo que tenía que habérmelo imaginado, que el sonido de sus discos resultaría muy difícil de llevar al directo. Lo único que me pareció el concierto fue chillón. Supongo que fui de las pocas, porque aquello estaba lleno de gente que bailaban como locos y que se sabían las canciones de memoria, que fue lo que me llevó a una de mis reflexiones del festival, aquello de "hoy en día, con esto de internet, toca cualquier grupo y en el público siempre hay gente que se sabe las canciones". Ni Petete, vamos.

Más o menos a la hora que tenía que empezar El Guincho abandonamos a la profesora de aerobic, como llamaba Jose a la cantante de The Go! Team, y nos fuimos otra vez a descender las escaleras del Vice. El concierto empezó a retrasarse. Primero, porque estuvieron durante un buen rato colocando unas pantallas a los lados del escenario para las proyecciones. Y luego por algún problema con el sonido que no sabemos cuál fue, pero que retrasó todo. Al final, la idea de ver veinte minutos y luego ir a The Rumble Strips se nos fue al garete porque era la hora de que empezaran los segundos y aquello seguía parado. Para cuando empezó la actuación yo me había venido abajo. Tal cual. Ya no tenía fuerzas ni pa un roto ni pa un descosido. Escuchamos como empezaba la primera canción (que ni sé si era Palmitos Park o Kalise o cuál) y nos mandamos a mudar. Allí, o te animabas y te arrancabas a bailar, o morías. Y yo no estaba ya para bailoteos.

A The Rumble Strips los aguantamos durante un rato más, pero llegamos con el concierto ya empezado. Sonaban bien, la música era animada, el cantante tiene una voz potente y perfecta, y lo único que me dio pena fue que hubiera tan poca gente viéndolos. En otras condiciones de cansancio y demás, no me cabe duda de que hubiera podido disfrutar mucho del concierto. Pero ya no era el día. Rumbo al hotel y las lámparas colgantes del patio nos despidieron hasta el día siguiente, que contaré mañana.

PD. Me dejo algunas anécdotas de entre concierto y concierto porque irán en una entrada aparte. Y porque me tengo que ir a dormir o mañana voy a estar en la oficina como el viernes en el concierto de El Guincho.

3.6.08

conciertos: ps 2008, una crónica (i)

Escucho a Tachenko mientras escribo estas líneas, el principio de una crónica, que no una crítica, que será sin duda subjetiva, emocional y anotada. También larga, pero ¿es que alguien lo dudaba? Tómenlo como un ejercicio literario, que falta me hace desengrasar.

Hay personas para las que madrugar es una tortura comparable a escuchar durante cinco minutos las uñas de un profesor de física arañando una pizarra. Yo soy una de ellas. Cuando el jueves sonó el despertador a las cuatro y media de la mañana, hubiera matado por no levantarme. Afortunadamente, la cordura se impuso en algún momento (bueno, más bien que Jenaro, que cogía el avión más tarde porque tenía que trabajar por la mañana, me despertó para que me fuera a tiempo) y a las cinco estaba sentada en el taxi camino del aeropuerto. Fue, increíble pero cierto, un trayecto de lo más agradable: el taxista, quizá porque había visto mi cara de sueño, me preguntó si estaba cómoda, me deseo buen viaje y tenía puesta una emisora de música bastante soportable. Canciones antiguas pero no tan choteadas como las que ponen M-80 y Kiss FM.

Llegué al aeropuerto tan pronto que todas las tiendas de periódicos estaban cerradas. Después de un pequeño ataque de cólera, me alivió pensar que llevaba conmigo un libro de unas seiscientas páginas que me tenía que durar todo el viaje. Embarcamos en hora y al escuchar al comandante del avión decir que el vuelo duraría 2 horas y 35 minutos viví uno de esos momentos poltergeist que tienen las rutas entre Canarias y la Península.

[A saber:
- los vuelos que parten del archipiélago duran mucho menos que los que parten de la península hacia acá
- los vuelos a Madrid tardan sólo entre 10 y 15 minutos menos que los vuelos a Barcelona, a pesar de que un vuelo de Madrid a Barcelona tarda bastante más, pero los vuelos desde Madrid a las islas tardan entre 20 y 25 minutos menos que los vuelos desde Barcelona
]

Dos minutos más tarde me había puesto el disco de Lightspeed Champion en el iPod, que fue lo más tranquilo que encontré, y estaba casi dormida del todo. Y digo casi porque tuve la mala suerte de que, justo en la fila de detrás de la mía y en la siguiente, viajaban entre diez y doce mujeres cuarentonas que se iban juntas de vacaciones o, por las cosas que decían, de fiesta loca, y no pararon de hablar, aplaudir y gritar en todo el viaje. No sé si no se daban cuenta de que eran las seis de la mañana y el resto de los pasajeros, todos en silencio, estábamos intentando dormir, o es que les daba igual. Aún así, la voz de Devonte Hynes surtió efecto como nana relajante y apaciguadora. Puse el disco tres veces y dormí con él de fondo durante todo el trayecto.

Creo que era antes de las once cuando aterrizamos en Barcelona. Soy una urbanita convencida y tengo pasión por recorrer las ciudades grandes. A pesar de haber ido otras tres veces antes, nunca había estado sola en Barcelona. Y tener unas horitas para moverme por allí, teniendo que fijarme en todos los detalles, sin mucha prisa, me parecía un lujo. Y lo fue. Tardé casi dos horas en llegar al hotel, cansada y con la maleta a cuestas, pero de lo más feliz. A veces las horas previas a los acontecimientos que uno desea durante mucho tiempo, en las que se disfruta un estado de excitación anticipando todo lo bueno que está a punto de ocurrir, son casi mejores que las de los acontecimientos en sí. Luchar contra esa sensación es uno de los principales retos a los que se enfrentan los artistas al salir al escenario. O, como le decía a probertoj en una hora nada decente del viernes por la noche, los conciertos también son cuestión de expectativas: mientras más alto ponga uno el listón, más difícil lo tendrán los músicos.

Por una serie de casualidades familiares, acabé comiendo en la cafetería de la Facultad de Geografía e Historia, al ladito del MACBA. El comedor universitario, tan parecido al que me vio comer durante un porrón de años en Madrid, tenía fideuá de primer plato en el menú. Con ali-oli. No sé si era por no haber comido nada desde las cinco de la mañana, pero me pareció un auténtico manjar. Después de comer, de dar un paseo y de despedirme, me fui corriendo otra vez de vuelta al hotel, para coger las cosas y estar en el Fórum a las seis en punto. No quería perderme el concierto de Tachenko. Llegué por los pelos, pero ya estaba bajando las escaleras de escenario Vice (que en ese momento me pareció que estaba lejísimos) cuando empezó a sonar la primera canción.

Empezamos, pues, con la crónica de verdad. El disco nuevo de Tachenko, Una vida pide otra, lo había escuchado una sola vez antes del festival. Supongo que no era el momento apropiado, porque no me había llamado mucho la atención. Aún así, tenía mucha curiosidad por verlos en directo. Y no sólo no me defraudaron, sino que pusieron el listón tan alto que el resto de la noche sólo Edan consiguió igualar lo mucho que me gustaron. El saludo de Sergio Vinadé ("buenas noches. Uy, qué cachondo, buenas tardes, quiero decir") dejaba bien a las claras lo difícil que tenía que ser para ellos estar tocando allí: hacía calor, éramos cuatro gatos cuando empezó el concierto y estábamos en el escenario más alejado del recinto del festival. Sin embargo, estuvieron fantásticos. Las canciones más pop sonaron dulces y sentidas, pero, para echar por tierra mi idea preconcebida de que sería un concierto de medios tiempos, la mayoría de las canciones llenaron el escenario de rock enérgico y consiguieron que todos acabáramos bailando y saltando, incluso un par de guiris vestidos con blusones de gasa psicodélicos que debían estar de haciendo tiempo para ver a MGMT. Pues hasta a ellos los retuvieron allí hasta el final, bailando como el que más. Si una vida pide otra, la mía desde luego, pedirá más conciertos de este pedazo de grupo.

Pasé fugazmente por el escenario CD-Drome para ver qué tal sonaba La Estrella de David, y la verdad es que no me llamó mucho la atención. Así que aproveché para comprar tickets, en la primera cola de la tarde, mientras empezaba MGMT. Al llegar a las casetas de los tickets, la primera mala sorpresa del festival: un vasito de nada de 50 cl. de cerveza ya estaba a 4 euros. Yo juraría que el año pasado costaban 3 euros, pero es que encima no entiendo para qué carajo patrocina una marca de cerveza todo un festival si luego tenemos que sufrir estos robos a mano armada.

MGMT salieron al escenario tras hacerse de rogar un poco y lo primero que pensé fue que el cantante era la guiri psicodélica del concierto de Tachenko, de tan igualitas que eran las camisas que llevaban ambos. El grupo tenía dos posibilidades: resultar muy divertidos o muy soporíferos. Optaron por lo segundo. Empezaron por los temas más farragosos del disco, a una hora en la que el sol no invitaba demasiado a ese tipo de desvaríos musicales. Mi sensación fue que dejaban traslucir pocas tablas y pocos recursos. Resumiendo mucho, aguanté media hora y me pareció un coñazo. Lástima, porque yo era de las que disfrutaba con el Oracular Spectacular.

No sé si ver el público en esta foto lo dejará más claro, pero yo creo que mucho no se están divirtiendo.

Cuando decidí irme a ver a Tarántula me encontré a Mr. Market, la primera cara conocida que veía en el festival, que había tenido la misma impresión y la misma idea, y me fui hacia el CD-Drome con él. Lo que pasa es que nunca llegué, porque justo en ese momento me llamaron mis tres flamantes acompañantes (Jenaro, Diego y Jose), que estaban llegando más o menos a la vez al recinto. Al final tuvimos que cambiar el concierto de Tarántula por logística ticketera y nos fuimos todos al concierto de Enon.

Enon sonaron bien, pero tengo que reconocer que sólo recuerdo claramente Mr. Ratatatatat. Siento no poder dar más detalles del concierto, supongo que es lógico olvidar algunas cosas después de tantos días y tantos grupos. Sé que me estaban gustando, pero no me volvían loca. Y nos fuimos a ver a Edan. Esto es casi cacofónico.

Entonces llegó el, para mí, segundo concierto del día. Edan y MC Dagha fueron sin duda lo más divertido del jueves. Simpáticos y profesionales, hicieron participar al público una y otra vez, hicieron bromas, se disfrazaron, sacaron lo que parecía un asiento de avión, rapearon, samplearon, nos hicieron bailar, nos enseñaron uno a uno un buen puñado de vinilos... Nos lo hicieron pasar en grande.

Cuando terminó el concierto, después de hincharnos a aplaudir, nos fuimos a ver a Public Enemy, el primer gran nombre de la noche. Supongo que la experiencia que tuve con ellos en el Espárrago Rock de hace ya unos cuantos años debía haberme prevenido mejor, pero la diferencia de organización entre ambos festivales me hizo pensar que en el Primavera la actuación sería distinta. Los horarios son mucho más rígidos y es difícil que un grupo se retrase ni cinco minutos. Y Public Enemy no se retrasaron, pero dejaron a The Bomb Squad pinchando durante un buen rato, yo diría que más de veinte minutos, hasta que los soldados imperiales, Chuck D, Flava Flav y el resto de la troupe aparecieron en escena. El resultado fue que no pudieron tocar el disco entero y que hacia la mitad tuvieron que saltarse el orden y tocar sólo tres temas más para terminar. Y, en general, no estuvo mal, pero tampoco me impresionaron demasiado. Supongo que la capacidad de sorpresa la pasé en el concierto del Espárrago, donde estuvieron jugando con espadas láser casi media hora.

No subo fotos de su concierto ni del de Portishead, que venían a continuación, porque yo estaba demasiado lejos del escenario y ya era de noche, así que en mis fotos se ve poco más que el público y unos puntitos de colores a lo lejos.

Y llegamos a Portishead. Supongo que es uno de los conciertos controvertidos del festival. El Rockdelux no era, claro está, el mejor escenario para verlos. El carácter intimista de su música desapareció irremediablemente ante la legión de seguidores ruidosos que esperaban para verlos. Resultaba demasiado difícil concentrarse en la voz de Beth, a pesar de que ella se esforzaba por sonar tan dulce como siempre. Yo creo que no fue un mal concierto, o al menos las canciones no sonaron mal, y eso ya es algo. Pero está claro que las condiciones no permitían que fuera un concierto magnífico. Adelanto que el viernes, en el Auditorio, probablemente sí lo fue, o al menos eso me dijeron los que estuvieron allí. A mí la nostalgia me llevó a ver a Sebadoh en su lugar y obtener, como dijo Carlos el sábado, una puñalada en mis recuerdos.

Entre Portishead y Vampire Weekend, Jenaro y yo vimos un ratito de Voxtrot. Y aquí tengo que ser sincera: no me acuerdo de nada del concierto. Creo que sonaba bien, pero yo estaba ya muy cansada (¿puedo recordarles la hora a la que me había levantado, en mi disculpa?) y estuve ese ratito sentada en el suelo haciendo poco más que tiempo para el otro concierto. Tengo fotos que atestiguan que estábamos allí y tienen buena pinta, así que dejo una aquí.

Y con Vampire Weekend terminamos la noche. Llegamos al momento de poner en práctica lo que dije antes sobre las expectativas. Por un lado, yo lo pasé en grande en el concierto. La actuación fue toda pop y baile, pero también demostró algunas limitaciones. Por ejemplo, yo tenía todo el rato la sensación de que el cantante o gritaba, y eso Diego lo corroborará, o susurraba tanto que no se le oía. La música de todas las canciones (juraría que fue todo el disco, y creo, creo, que en algún momento anunciaron una canción nueva) sonaba bien, el público, con el escenario Vice a reventar, no paró de bailar y no se puede negar que lo pasamos bien. Pero para mí, que me sabía el disco casi de memoria, me faltaba algo, un poco de chispa, algo que hiciera ver que era un concierto. Un poco más de complicidad con el público, quizá. Me imagino que la hora no daba para muchas sutilezas, pero esa fue mi sensación, un cierto amargor en el fondo de un chicle de azúcar (al margen de lo del cantante, que es para estudiarlo). A Jenaro, sin embargo, que no los había escuchado tanto previamente, le gustó mucho el concierto, y aquí es donde me veo obligada a repetir que algunas veces es mejor llegar sólo con curiosidad que con anhelo.

Y después del concierto, a casita. Estos chicos tan majos que suben como pueden las miles de escaleras de vuelta del Vice a las tres y media de la mañana y yo nos despedimos hasta el siguiente capítulo de la crónica de nunca acabar.